Nervios, miedos e ilusión se mezclan en la misma medida. El tiempo acompaña: la brisa templada del amanecer ha suavizado la mañana y, a medida que el sol asciende, todo indica que el calor del mediodía apretará con fuerza.
Son las 5:30. Hemos pasado la noche en el caserío y, como la niña se ha quedado al cuidado de la abuela, hemos decidido empezar temprano. Esta semana han llegado los aguacates, todos bien ordenados en sus cajas, y sabiendo el trabajo que tenemos por delante, hemos querido ponernos en marcha cuanto antes. Por suerte, contamos con la ayuda generosa de amigos y familiares, todos dispuestos a enfrentar la jornada.
Mi padre y yo hemos cargado las plantas en el carro y, con las primeras luces del día, hemos comenzado a distribuirlas por la finca. Asier y sus compañeros trabajan ya en las primeras hileras, concentrados en silencio. Apenas hacen falta palabras: sabemos que este es el momento que llevábamos tanto tiempo esperando. La tierra está blanda, con ese olor húmedo del amanecer; la frescura de la mañana desaparece poco a poco.
Las labores avanzan con un ritmo constante y preciso: hacer el hoyo uno a uno, colocar el tutor, asentar la planta, pisar bien la tierra, regar. Un gesto sencillo, repetido cientos de veces. Así, con el paso de las horas, empieza a tomar forma lo que ayer no era más que un deseo: casi 800 plantas pequeñas, ordenadas en hileras interminables, respirando sus primeros instantes bajo el sol.
Y sí, el calor ha golpeado fuerte hoy. Con el avance del día, el sudor y el cansancio han dejado su marca, pero no nos han detenido. Por encima del desgaste prevalece la ilusión: sabemos que el esfuerzo de hoy tiene fruto, y que esos frutos serán el resultado de nuestro trabajo y nuestra esperanza.
